33_1_1136XL1400_1249281620Ha estado desaparecido durante seis meses. En este tiempo sus graves problemas de salud se han convertido en una pesadilla no sólo para él, también para los inversores, que veían cómo descendía en picado la cotización de la marca más codiciada del mundo. Controlador, tiránico, obsesivo… Jobs es la representación máxima del éxito empresarial. Aprovechando su baja, logramos introducirnos en el hermético círculo de poder de la manzana.

Hace unas semanas volvió a ocurrir: algunos trabajadores desaparecieron sin dejar rastro. De repente, no estaban en sus puestos. Nadie tenía ni idea de dónde se habían metido. Pero todos sabían que estaban escondidos en algún sencillo despacho del edificio, con ventanas cubiertas con papel y quizá con un cartel de `Contabilidad´ o `Administración fiscal´ en la puerta. ÉL desconfía de sus propios empleados…
En otras empresas, basta la tarjeta identificativa para moverse por todo el edificio una vez pasado el puesto de control. Aquí hay que pasar tantos filtros como en un aeropuerto.

ÉL es Steve Jobs. Y en Apple, de vez en cuando, desaparecen empleados para que, meses después, Jobs se presente en público, como una estrella de rock, con un artefacto increíble en la mano y deje al mundo con la boca abierta. «La obsesión por mantener el secreto de Apple no es una manía más de su tendencia controladora, es un elemento clave de la efectividad de la maquinaria de marketing de la compañía», dice Leander Kahney, redactor jefe de Wired.com, gran autoridad en Apple y autor de En la cabeza de Steve Jobs (Ed. Gestión 2000).

33_1136XLportada_1248856459iMac, iPod, iPhone. Éste es el trío sobre el que se asienta el éxito de Apple. A Jobs se lo adora como a una deidad, es el iGod (iDios). Él decide qué ve y qué oye la gente, y cómo lo ve y cómo lo oye. Decide cómo trabajará y en qué; cómo habla por teléfono y con qué aparato… No importa que no todo el mundo tenga un producto Apple, los demás fabricantes se fijan en su empresa para orientar la producción. Jobs fue quien llevó el ordenador a las casas y, más tarde, el teléfono a los bolsillos de la gente. No inventa nada, lo que hace es mejorarlo y embellecerlo. Él marca las reglas; los demás le siguen el juego: empresas de ordenadores, de telefonía, el cine y la industria de la música.

Steve Jobs, de 54 años, es un esteta, un perfeccionista, un vendedor, un arrogante, un déspota, un tirano y una musa… es decir, un genio. Lo dicen todos los que lo conocen. Jobs ha transformado a Apple en una de las marcas más codiciadas del mundo. Pero también Apple mete la pata de vez en cuando. A veces sus aparatos no funcionan bien, aunque nadie que posea uno lo reconocerá. Apple crea adicción.

El pasado junio, durante la conferencia de desarrolladores de Apple en San Francisco, sólo se presentaron actualizaciones de productos antiguos, entre ellos el iPhone 3GS. A pesar de ello, los 5.000 asistentes lo celebraron con entusiasmo, pese a la ausencia de Jobs, recién operado de un trasplante de hígado. En cualquier caso, él es el hombre de los productos revolucionarios, no el de las actualizaciones. Las nuevas genialidades de Apple tendrán que esperar, tras seis meses de retiro por motivos de salud. Hay muchos rumores sobre los nuevos productos. Podría ser un miniordenador, quizá, más pequeño y ligero que el actual Macbook de Apple… y, desde luego, más `molón´ que los Netbooks de Windows, la competencia. O un iPod Touch con una pantalla más grande que permita leer libros y periódicos. A nadie le extrañaría que Apple reinventara el mercado editorial, consumando uno de esos regresos tan al estilo de Steve Jobs.

Pero todo esto es pura especulación y él, desde su anunciada reincorporación, el pasado 29 de junio, no ha dicho esta boca es mía. Su silencio, como cada paso que ha dado en su vida, podría ser parte de una estrategia, su peculiar forma de enterrar el mito que asocia de forma ineludible la existencia de Apple a la de Steve Jobs. De hecho, medio año después de anunciar que se retiraba por enfermedad, y de desatar el pánico entre los accionistas de la compañía, la empresa acaba de presentar un aumento de casi el 12 por ciento en las ventas del último trimestre (8.337 millones de dólares), uno de los mejores resultados de su historia, obtenidos, además, en plena recesión mundial. Quienes asociaban la inminente decadencia de Apple con la ausencia de su fundador, esto es, casi todo el mundo, parecen estar equivocados. O quizá no. Los recientes beneficios se basan en una bajada de precios de los ordenadores Mac y en las ventas de un iPhone más rápido y con nuevas funciones, todos ellos evoluciones de artilugios ideados por Jobs. La pregunta ahora es: «¿Quién ideará los productos nuevos?». Los expertos dudan de que haya en la empresa alguien capaz de suplantarlo.

Pese a la incertidumbre, los buenos resultados de Apple despejan muchas de las dudas surgidas cuando, en 2004, Jobs se ausentó durante dos meses por un cáncer de páncreas. Sólo se supo de su enfermedad tras haber sido operado con éxito. Todo ello para evitar que los inversores se preocuparan por su estado de salud y el consiguiente desplome de las acciones de Apple. No existe ninguna otra empresa de ese tamaño tan dependiente de una sola persona. Steve Jobs es el protagonista único del show Apple. Toda la empresa se esconde tras su ego y carisma, hasta el extremo de que los expertos cifran el valor de Jobs para su empresa en 20.000 millones de dólares.

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